Opinion·Película

Feliz cumpleaños, Takahata

Hoy es mi cumpleaños, amigas y amigos. Veintinueve de octubre, una fecha bastante bonita. Nací en la onomástica de los Narcisos —muy apropiado— y bajo el signo zodiacal de Escorpio, el de los malos malísimos de película. Según un libro de astrología felina que leí una vez, los gatos escorpio son los que tienen el mayor apetito sexual, y sólo superados por los Piscis en poderes psíquicos. Así que cuidadito conmigo.

Nacer a finales de octubre no es lo más común. Al menos en mis círculos, la mayor incidencia de cumpleaños se da en primavera (los veranos son muy prolíficos), y nunca he conocido en persona a nadie nacido en este día. Afortunadamente, he tenido la suerte de compartir cumpleaños con Isao Takahata, uno de los directores más importantes que ha tenido el anime. Hace un par de años nos dejó, pero sigue mereciendo la pena felicitarle el cumple desde la distancia, y sobre todo, aprovechar la ocasión para recordarle.

Para un rojete como yo, Takahata es un imprescindible en este medio. En una industria del anime con un caudal principal machista, chovinista y con un acervo probélico que en estos años ha sido cada vez más notable, su obra y su acción personal están en frente. Es de los que desafía ese predicamento irónico que hizo José Luis Garci en Solos en la madrugada con la cuña de radio que decía “nueve de cada diez personas que usted admira son de derechas. Sea de derechas, sea feliz”. Al igual que Hayao Miyazaki, su compañero de andanzas más conocido, su producción fílmica destila temas como el ecologismo, los movimientos sociales y la paz; pero a diferencia de éste se sitúa en un marco más costumbrista, tirando más hacia la representación de la sociedad, y cuando no, a la alegoría.

Le tocó vivir muy niño, y como a tantos otros, la guerra y la posguerra. Esa miseria marcó a una generación de intelectuales hacia diferentes posturas políticas, y su visión de este tema quedó retratada en su primera y más famosa producción con el Estudio Ghibli, La Tumba de las Luciérnagas. Situada en el marco de los últimos meses de la guerra, en la primavera de 1945, cuenta la historia de dos hermanos en un pueblo intentando sobrevivir, no contra las bombas sino contra el hambre. La película es desgarradora, y trata de representar lo peor de una guerra: el sufrimiento de la población civil incluso después de que cese el enfrentamiento armado. No es efectista ni melodramática, sino la pura realidad.

Siempre me ha resultado curioso que especialmente entre parte del público estadounidense se acuse a la película de victimista, ya que no sólo no muestra ni a un solo militar americano sino que el poco discurso político que tiene va contra el propio Japón. Un detalle argumental que me encanta dentro de la cinta es cómo el hermano mayor va perdiendo su nacionalismo conforme avanza la trama, pasando de cantar un himno del Imperio durante la primera mitad y de la excitación por la victoria segura de Japón pese a su situación personal, al desengaño tras enterarse de la destrucción total de la flota y la rendición incondicional. La caída del gran ideal patriótico. La película no pinta buenos y malos dentro del conflicto bélico, sólo señala a los damnificados: el pueblo.

Takahata fue consecuente y comprometido con su aversión a la guerra, siendo uno de los miembros fundadores del Kyujo no Kai, la asociación para la defensa del Artículo 9 de su Constitución, que niega al Estado Japonés el derecho a la beligerancia y que está amenazado por los gobiernos de la derecha nacionalista.

La conservación de la naturaleza y de la cultura frente al mundo globalizado es otro de sus temas predilectos, y está presente en mayor o menor medida en todas sus películas, pero muy especialmente en Pompoko, que a mi parecer es su película más conseguida. Narra de forma hilarante una insurrección de mapaches campestres contra una nueva ciudad-dormitorio como si fuese un reporte de gesta, y sus elementos de combate son aquéllos que el folklore japonés atribuye a estos animales. Aparte de construir una historia divertidísima, expone con detalle y cuidado muchos elementos mitológicos y su contraste con el Japón contemporáneo, especialmente en la mítica escena del desfile hacia la mitad del metraje. Las peleas en el seno de ese enclave revolucionario animal recuerdan mucho a las clásicas disputas de organización y metodología en los movimientos sociales, y según Miyazaki la película representa de forma simbólica el fracaso de la ola socialista del Japón de la posguerra.

Es llamativo que esta película sea la más orientada al público infantil de su filmografía con Ghibli —teniendo a animales como protagonistas y siendo de un talante cómico— y a la vez la que tiene más carga intelectual subyacente. Es de las contadas instancias en las que el apelativo tan gastado de “cine para toda la familia” se aplica a la perfección. Sale también a colación su énfasis en el realismo, ya que pese a ser una de las pocas historias fantasiosas que tiene ni siquiera lo es demasiado y estos elementos se usan más como un medio a un fin narrativo.

Aunque más allá de representar sus ideas, también fue un director que supo entender bien la sociedad en la que se movía y retratarla. Recuerdos del ayer es la película que más me gusta de su carrera, ya que además de incluir muchos de sus temas recurrentes, hizo un muy buen análisis generacional de aquellos que se criaron durante la reconstrucción económica de los sesenta, mostrando el salto de mentalidad y forma de entender el mundo entre la protagonista y sus hermanas mayores. Retomó este hilo con Mis vecinos los Yamada, si bien ésta trata más de satirizar a la familia nuclear japonesa desde un punto de vista amable que de hacer un análisis generacional.

Hace dos años el mundo del anime se hizo bastante más pequeño, pero no sin dejarnos un regalo impagable: décadas de series y películas excelentes no sólo de un buen director sino de un hombre comprometido con un mundo más justo y que vivió de pie. Un abrazo y feliz cumpleaños, Takahata.

Seguimos.

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