Análisis

Fullmetal Alchemist y el poder político

Desde que escribo en este blog semanalmente he ganado pericia con las arengas ideológicas. Considerando que a estas alturas todavía tenemos gente que nos lee, quizá debería plantearme lo de montar mi propio partido político. Aunque por otro lado, me da que sería mucho trabajo para poca recompensa, y la ley del mínimo esfuerzo hay que llevarla a rajatabla. Pero para no dejar de lado la temática habitual, hoy me ocupa precisamente ese tema: el poder político.

La forma en que los estados usan y abusan del poder institucional y las vías de hacerse con éste son cuestiones de gran interés para un blog como este, y también componen una importante subtrama de una de las obras más famosas de este medio, Fullmetal Alchemist: Brotherhood, la adaptación de 2009 del manga de Hiromu Arakawa.

Estoy convencido de que la mayoría de vosotras habrá visto u oído hablar de este anime, y no es para menos. Creo que consiguió la difícil conjunción de ser capaz de atraer a un público muy amplio y ser de mucha calidad —lo cual es el objetivo de casi cualquier autor de ficción—. El frente que nos ocupa hoy es sólo uno de los muchos que tiene Fullmetal Alchemist, aunque siendo el que más casa con mi línea editorial creo que merece un análisis temático en profundidad.

El centro de la acción se sitúa en el estado militar y autocrático de Amestris, regido por un líder con muy buena publicidad: el capitán general Bradley. A lo largo de su recorrido la serie trata de hacer un retrato de las dinámicas en ese seno, siendo la mayor parte de los personajes parte activa del ejército o empleados por éste, como es el caso de los dos hermanos protagonistas, que trabajan como alquimistas nacionales.

Pese a estar enfocada a un público juvenil, la serie representa estos temas de forma multipolar y sensata, alejándose de maniqueísmos y siendo además bastante extrapolable a situaciones que se dan en la sociedad contemporánea. Centrándome en varios puntos argumentales concretos, voy a tratar de desglosar los ángulos desde los que se trata este tema y qué reflexiones hace sobre nuestro mundo, y comentaré detalles importantes de la trama.

La demasiada familiar guerra de Ishval

Uno de los primeros obstáculos a los que se enfrentan los hermanos Elric en su viaje es la amenaza de un asesino en serie que va tras alquimistas nacionales como ellos, y que no tiene mucho miramiento por dejar otros miembros del ejército vivos. En un enfrentamiento con él del que salen vivos de milagro, ellos y sus mandos superiores descubren que la etnia del atacante, al que apodarán Scar, lo delata como ciudadano de Ishval, un país anexionado militarmente al suyo y que tras una insurrección contra la ocupación fue prácticamente aniquilado.

Este descubrimiento causa bastante inquietud entre muchos de los personajes. La guerra de Ishval, que se desarrolló varios años antes, fue una contienda desproporcionada y con una crueldad tan manifiesta hacia la población civil que dejó secuelas en buena parte del ejército de ocupación. Más allá de los bombardeos y la experimentación con sus habitantes, fue especialmente notable el despliegue de alquimistas nacionales como medios eficaces para el exterminio. Esto se traduce en que muchos de los aliados de los protagonistas son, de facto, criminales de guerra. La aparición de Scar, que parecía un mero inconveniente, resultó ser un caso de terrorismo vindicativo con motivaciones políticas.

No es difícil ver los enormes paralelismos entre la guerra de Ishval y el conflicto en Oriente Próximo, y no me cabe duda de que era el objetivo de la autora. Un país situado al este del bloque hegemónico, con gente de tez morena, fundamentalismo religioso y que colinda con un desierto es masacrado bajo el pretexto de una amenaza inexistente para hacerse con sus recursos naturales (que en el caso de esta historia, emanan de la propia población). Por si fuera poco, al cabo del tiempo empieza a darse actividad terrorista como respuesta en Amestris, y es tomado como un problema de gran magnitud pese a que es una ínfima parte del daño que infligido por ellos. ¿Es una historia que nos suena, verdad?

Quizá parezca extraño que haya una analogía así en un anime, considerando que es un tema de más interés en Occidente, pero esta cuestión tuvo especial importancia en ese momento en Japón. Cuando el manga original empezó a publicarse, la intención del gobierno de Japón de enviar tropas a Irak era un tema de gran relevancia política. La oposición izquierdista se puso en frente, en defensa del carácter antibélico de su constitución, pero finalmente en 2004 el Ejército de Autodefensa se desplegó en el país, siendo su primera actuación en una zona de combate desde 1945. Sabiendo esto, es difícil pensar que las similitudes entre los dos conflictos sean una coincidencia.

La serie no relativiza el genocidio de Ishval, pero sí muestra sus consecuencias desde el punto de vista de los implicados y las distintas impresiones al respecto. Como cabría esperar, hay de todo: desde los que no albergan ningún remordimiento hasta los que desertaron para no ser partícipes de la atrocidad que se estaba cometiendo. Muchos con secuelas psicológicas difíciles de superar. Sin embargo, el mayor consenso está en que pese al dolor que provocaron, solo hicieron lo que les tocó hacer porque había que comer.

Como contrapunto, el personaje al que sigue más de cerca en la subtrama política de Fullmetal Alchemist es uno de los más idealistas con respecto al conflicto: el coronel Roy Mustang. Este oficial y alquimista fue uno de los más mortíferos durante la contienda, y le sirvió como convencimiento de que para restañar las heridas era imprescindible derrocar al régimen militar y establecer una democracia. Y pese a tener la intención de asumir el mando del país tras un eventual golpe de Estado, sabe que sería necesaria una retribución para que se hiciera justicia y que como partícipe directo en la contienda tendría que verse afectado. Él y los que le apoyan asumen la contradicción de estar trabajando contra sus propios intereses, porque un estado igualitario no puede asentarse sin una reparación a las víctimas del sistema anterior.

En España han tardado un poco más en caerse del guindo.

Ética del privilegio

Uno de los aspectos que más agradezco a la serie en el tratamiento de su trama política es que no pinta a su personaje principal como un iluminado en un universo de cretinos. El coronel Mustang es una persona inteligente, y aunque muchas de sus estratagemas funcionan, su asunción de la honestidad ajena le juega malas pasadas.

Después de descubrir que el capitán general Bradley, el dirigente del gobierno militar, es un humano sintético concebido por eugenesia y con capacidades físicas aumentadas por alquimia, vio un filón para llevarse a su terreno a parte de la cúpula del gobierno. Al fin y al cabo, con el ideal nacionalista representado en el Amado Líder siendo una mentira, podría empezar a granjearse apoyos en ese terreno. Así, escoge al más receptivo y amistoso de sus mandos superiores y le revela, de forma sutil, la identidad de Bradley como un homúnculo. ¿Y cuál es su reacción? Delatarlo de inmediato.

Esta es una de mis escenas favoritas de la serie por cómo toda esperanza de una resolución de puertas para adentro se choca contra un muro en un momento. No llega a quedar claro si los generales sabían o no la verdad sobre su líder, pero desde luego no les importa. ¿Y por qué deberían? ¿De qué les serviría un cambio de gobierno sin que se les pudiera garantizar un estatus similar?

Todo orden nacionalista y el humo discursivo que lo acompañan son una farsa para defender lo único que tiene valor tangente: sus privilegios. El mantenimiento de las estructuras de poder es lo único que importa, sin importar que quien esté a la cabeza represente sea un líder aceptable o no.

Después de este triple desde el medio del campo, el coronel Mustang es trasladado a otra ciudad y sus subordinados de confianza diseminados a lo largo y ancho del país, con un control constante de sus comunicaciones. Esto pasa por confiar en la bondad humana.

El recambio en el poder

Durante el arco final de la serie, y después de meses sorteando las restricciones impuestas y forjando alianzas con algunos sectores del ejército fronterizo, el coronel Mustang pone en marcha su golpe de Estado, dirigiendo personalmente un asalto a la capital del país después de dejar a Bradley fuera de combate en el extrarradio. Y su primer objetivo antes que cualquier otro es secuestrar a la mujer del capitán general y tomar los medios de comunicación. En un país con un culto tan fuerte a su líder, necesitaba tejer una historia en la que él saliera en su defensa frente a la insurgencia de la cúpula militar.

Su plan redondo, sin embargo, se va desmoronando y plagando de contradicciones conforme pasan las horas sin que haya avances, con la necesidad de improvisar sobre la marcha y culpar a otras facciones aliadas de la revuelta. Llegado cierto punto, la guerra del relato se vuelve tan ridícula e insidiosa que causa una confusión entre las tropas que perjudica al golpe. Su ansia por ser el que se lleve el cetro de mando de los participantes encrudece un objetivo que sobre el papel tampoco era tan complicado.

Finalmente se hacen con la victoria y consiguen matar a Bradley, quien a oídos de la población murió como un héroe, pero la imagen de Mustang como líder quedó tan cuestionada que, después de todos sus esfuerzos durante la serie, no se llevó el mando militar pese a ser el organizador del golpe. En su lugar, el general Grumman, uno de sus mayores benefactores, se llevó el gato al agua sin siquiera haber participado en el enfrentamiento.

Es un final bastante sorprendente, pero el que tenía más sentido a fin de cuentas. El arte de la guerra se basa en el engaño, y Grumman supo entenderlo mejor que Mustang. De los mandos implicados en la causa golpista, fue el único que no se manchó las manos, el que tenía más tropas a su disposición en caso de trifulca interna, el de mayor rango militar, y además podía dar el perfil más adecuado de cara a relevar el poder. Y mientras Mustang tenía intención de caminar hacia una democracia, tal y como le promete a los Elric en el episodio trenta y uno; Grumman deja claro que no tiene intención de soltar el mando en el episodio final.

La subtrama política de Fullmetal Alchemist acaba con un tinte de cinismo sobre todo lo que había desarrollado sobre la reparación, la autocracia y el militarismo que, a mi parecer, la hace incluso más interesante. No cabe duda de que Grumman sería un mucho mejor gobernante que Bradley, por virtud de no tener el genocidio como horizonte político, pero al final es un pez gordo de lo más alto del escalafón militar sin intención aparente de que el equilibrio de poder se mueva; mientras que Mustang es destinado a comandar en el este, donde se tiene que conformar con trabajar para la reconstrucción (física) de Ishval.

Para llevar a cabo el cambio que quería Mustang hacía falta un tiento que por desgracia le faltó, y aunque no se puede decir que su estratagema acabara en una derrota, sus objetivos no llegan a cumplirse. Más allá de la resolución idealista por la que podría haber optado, Fullmetal Alchemist tira más por el gatopardismo: “a veces hace falta que todo cambie para que todo siga igual“.

Qué duro es ser revolucionario. No ganamos ni en la ficción.

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